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Cuento: Golfo de Penas, F. Coloane

Viernes, 04 Julio 2014 09:13

 

Francisco Coloane fue un gran novelista y cuentista chileno, conocido por haber dado a conocer al mundo las grandes maravillas de la Patagonia, sus lugares, sus paisajes, sus emociones y su gente.

Su novela Tierra del Fuego fue la que dio el argumento a la película del mismo nombre dirigida por Miguel Littin.

Un breve cuento de el, para este viernes:

Golfo de Penas

Francisco Coloane

Entre ola y ola nuestro barco se recostaba como un animal herido en busca de una salida a través de ese horizonte cerrado de lomos movedizos y sombríos.

-¡Agárrate, viejo! -dijo un marinero haciendo rechinar sus dientes y contrayendo la cara como si un doloroso atoro le anudara las entrañas. El barco, cual si lo hubiera escuchado, crujió al borde de una rolada de cuarenta y cinco grados y fue subiendo sobre el lomo de otra ola, semirrecostado, pero ya libre de la vuelta de campana o de la ida por ojo.

La cerrazón de agua era completa. Arriba el cielo no era más que otra ola suspendida sobre nuestras cabezas, de cuya comba se descargaba una lluvia tupida y mortificante.

De pronto, emergiendo de la cerrazón, apareció sobre el lomo de una ola una sombra más densa; otra ola la ocultó, y una tercera la levantó de nuevo mostrándonos el más insólito encuentro que pueda ocurrir en esos mares abiertos: un bote con cinco hombres.

Raro encuentro, porque por ese golfo sólo se aventuran buques de gran tonelaje. El nuestro, con sus diez millas de máquina, hacía más de veinticuatro horas que estaba luchando por atravesarlo de sur a norte, y una cáscara de nuez como ese bote minúsculo no podía tener la esperanza de hacerlo en menos de una semana hasta el Faro San Pedro, primeros peñones de tierra firme que se hallan al sur del temido golfo.

En medio de los ruidos del temporal, la campana de las máquinas resonó como un corazón que golpeara sus paredes de metal y el barco fue disminuyendo su andar.

Era un bote de ciprés, ancho de cuyas gruesas cuadernas que mostraban su pulpa sonrosada de tanto relevarse con el agua del mar y de la lluvia. Los cuatro bogadores remaban vigorosamente, medio parados, afirmando un pie en el banco y el otro en el empaletado, y mirando con extraña fijeza el mar, especialmente en la caída de la ola, cuando la falda de agua resbalaba vigorosamente hacia el abismo. El patrón, aferrado a la caña del timón, iba también de pie, y con una mano ayudaba al remero de popa con un envión del cuerpo que parecía darles fuerzas a todos, quienes como un solo hombre seguían el compás de su impulso. De tarde en tarde algún lomaje labrado escondía al bote, y entonces, semejaban estaban bogando suspendidos en el mar por un extraño milagro.

Cuando estuvo a la cuadra, le lanzaron un cabo amarrado a un escandallo, que el remero de proa ató con vuelta corrediza a un eslabón apernado en su banco. La cercanía se hacía cada vez más peligrosa. Las olas subían y bajaban desacompasadamente al buque y al bote; de tal manera que, en cualquier momento, podía estrellarse el esquife haciéndose pedazos contra los costados de fierro del barco. Una escalerilla de cuerdas fue lanzada por la borda, y, cuando la cresta de una ola levantó el bote hasta los pescantes mismos del puente, en la bajada, de un salto, el patrón se agarró a la escalera y trepó por ella con la agilidad de un gato. Puso pie en cubierta y como una exhalación ascendió por las escaleras hasta el puente de mando.

Arriba, patrón y capitán se encerraron en la cabina. Estábamos a la expectativa. Los remeros manteníanse alejados a prudente distancia con su cáscara de nuez; el barco encajaba la proa entre las olas y la levantaba como una cabeza cansada, sacudiéndola de espumas. El contramaestre y los marineros estaban listos con la maniobra para izar el bote a borde, en cuanto el capitán diese la orden.

Los minutos se alargaban. ¿A qué tanta demora para salvar un bote en medio del océano?

La expectación se hizo menor cuando vimos salir al patrón de la cabina. Hizo un gesto raro con la mano y bajó de nuevo las escaleras con su misma agilidad de gamo. Pero la orden de izar a los náufragos no se oyó. Nuestro asombró, entonces, aumentó.

Pasó a mi lado, me enfrentó con una mirada fría y enérgica. Quise hablar, pero la mirada me detuvo. El hombre iba empapado; llevaba el cuerpo cubierto por un pantalón de lana burda y un grueso yersey; la cabeza y los pies, desnudos; el rostro, relavado como el ciprés de su bote y en todo su ser, una agilidad desafiante, con la que parecía esconderse apenas del castigo implacable de la intemperie.

Cruzó de nuevo como una exhalación, saltó por la borda, se aferró en la escalerilla , aprovechando un balance, estuvo de un brinco agarrado de nuevo a la caña de su timón.

-¡Largaaa! -gritó, y el proel desató el cabo, lanzándolo al aire con un gesto de desembarazo y desprecio. Los remeros bogaron vigorosamente, y el bote se perdió detrás de una montaña de agua. Otra lo levantó en su cumbre, y después se esfumó como había venido, como una sombra más densa tragada por la cerrazón.

En el barco la única orden que se oyó fue la de la campana de las máquinas, que aumentó su andar. Los marineros estaban estupefactos, como esperando algo aún, con las manos vacías. El contramaestre recogía el cabo y el escandallo con lentitud, desabrido, como si recogiera todo el desprecio del mar.

-¿Por qué no los llevamos? -pregunté más tarde al capitán.

-No quiso el patrón que los lleváramos en calidad de náufragos -me contestó.

-¿Y por qué?

-“¡Somos loberos de la isla de Lemuy y vamos a los canales magallánicos en busca de pieles! ¡No somos náufragos!, contestó”.

-“¿No saben que la autoridad marítima prohíbe salir de cierto límite con una embarcación menor? ¿Piensan acaso atravesar el golfo con esa cáscara?”

-“¡No es una embarcación menor, es un bote de cinco bogas y todos los años en esta época acostumbramos atravesar con él el golfo. Lo único que le pedimos, es que nos lleve y nos deje un poco más cerca de la costa; nada más!!.

-“¡Si los llevo debo entregarlos a las autoridades de la Capitanía del puerto de su jurisdicción!”

-“¡No, allí nos registrarán como náufragos… y eso… ni vivos ni muertos! ¡No somos náufragos, capitán!”

-“Entonces no los llevo”.

”¡Bien, capitán!”

Y haciendo un gesto con la mano, el patrón había dado por terminada la entrevista.

Sin poderme contener, proferí:

-¡Así como los dejó peleando con la muerte aquí en medio de este infierno de aguas, pudo haberles dado una chance dejándolos más cerca de la costa! ¿Quién le iba a aplicar el Reglamento en estas alturas?

-¡Era un testarudo ese patrón!-: Si me ruega un poco, lo habría llevado!

Afuera la cerrazón se apretaba cada vez más sobre el Golfo de Penas.

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Cuento: La noche boca arriba, Cortázar

Viernes, 27 Junio 2014 08:41

 

En este último viernes del mes les comparto uno de los más famosos cuentos de Julio Cortázar:

La noche boca arriba

Julio Cortázar

Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.

Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.

-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.

Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.

 

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Cuento: El espejo

Domingo, 19 Abril 2015 00:00

 

¿No eres tu mismo el que se ha causado los mayores dolores a lo largo de tu vida? 

Un cuento para hoy:

El espejo

Un cuento de Eduardo Galeano

Solea el sol y se lleva los restos de sombra que ha dejado la noche. Los carros de caballos recogen, puerta por puerta, la basura. En el aire tiende la araña sus hilos de baba.

El tornillo camina las calles de Melo. En el pueblo lo tienen por loco. El lleva un espejo en la mano y se mira con el ceño fruncido. No quita los ojos del espejo.

- ¿Qué haces, Tornillo?

-Aquí- dice-. Controlando al enemigo

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Cuento: Autenticidad

Sábado, 24 Mayo 2014 00:00

 

Una de las cosas que más me sorprende en nuestra sociedad “occidental” es la forma en que se comprende que ser auténtico significa ser original, y para ello simplemente se trata muchas veces de ser lo más raro o llamativo posible. ¿Un perro es auténtico? Posiblemente si, y lo es siendo igual que todos los perros, a la vez que es único...

Bueno, al grano, el cuento del día de hoy:

La Rana que quería ser una Rana auténtica

Cuento de Augusto Monterroso.

Había una vez una Rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad.

Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena Rana, que parecía Pollo.

Del libro “La oveja negra y demás fábulas”,

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Cuento: La historia de las galletas

Viernes, 16 Mayo 2014 09:16

 

Y hoy un cuento para observarnos:

La historia de las galletas

Autor desconocido.

Una mujer joven esperaba la salida de su vuelo en la sala de embarque de un gran aeropuerto. Como tenía que esperar por varias horas, decidió comprar un libro para pasar el tiempo. Además, compró un paquete de galletas.

Se sentó en un sillón de la sala de espera para descansar y leer en paz. A su lado se ubicó un hombre.

Cuando ella tomó una galleta, el hombre también tomó una. Ella se sintió indignada, pero no dijo nada. Apenas pensó: “Qué cara dura. Si estuviera más dispuesta le daría un puñetazo en el ojo para que no se olvidara.” Por cada galleta que ella cogía, el hombre tomaba otra. Eso la dejaba tan indignada que no conseguía reaccionar.

Cuando quedaba apenas una galleta, pensó: “¿Qué irá a hacer este aprovechado ahora?”

El hombre dividió la última galleta por la mitad, dejando la otra mitad para ella. ¡Ah! ¡Eso era demasiado! Estaba resoplando de rabia.

Entonces tomó su libro y sus cosas y se dirigió a la puerta de embarque. Cuando se sentó confortablemente en un sillón ya en el interior del avión, miró dentro de su bolso para coger un caramelo y, para su sorpresa, el paquete de galletas estaba allí… todavía intacto, ¡cerrado!

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Cuento: De vuelta a la humanidad

Viernes, 09 Mayo 2014 10:00

 

En realidad este no es un cuento, es un hecho verídico extraído de un diario personal, lo que lo hace más impactante aun... A veces lo básico no es lo esencial.

Extracto del diario del Comandante en Jefe Mervin Willett Gonin DSO, que estaba entre los primeros soldados británicos en liberar Bergen-Belsen en 1945:

"No puedo dar una descripción adecuada del Campo del Horror en el que mis hombres y yo íbamos a pasar el siguiente mes de nuestras vidas. Es todo pura maleza estéril, desnuda como una pata de pollo. Hay cadáveres por todas partes, algunos en grandes montones, algunos en solitario o en parejas, allí donde hubieran caído. Nos llevó cierto tiempo acostumbrarnos a ver hombres, mujeres y niños derrumbarse al pasar junto a ellos y contenernos para no ir en su auxilio. Había que hacerse a la idea de que los individuos, simplemente, no contaban. Se sabía que morían quinientos al día y que iban a seguir muriendo quinientos al día durante semanas antes de que cualquier cosa que nosotros pudiéramos hacer tuviera el más mínimo efecto. Sin embargo, no era fácil ver a un niño asfixiándose hasta morir por la difteria cuando uno sabía que una traqueotomía y cuidados podrían haberlo salvado, o una mujer ahogándose en sus propios vómitos porque estaba demasiado débil para darse la vuelta, u hombres comiendo gusanos y despreciando el pan simplemente porque habían tenido que comer gusanos para vivir y ahora apenas veían la diferencia. Pilas de cadáveres, desnudos y obscenos, con una mujer, demasiado débil para estar de pie, apoyándose en ellos y cocinando la comida que le acabábamos de dar en una hoguera; hombres y mujeres agachándose en cualquier lugar para aliviarse de la disentería que les estaba devorando los intestinos; una mujer totalmente desnuda lavándose con su ración de jabón y el agua de un tanque en el que flotaban los restos de un niño. Poco después de la llegada de la Cruz Roja Británica, aunque pueda no estar relacionado con ello, recibimos una gran cantidad de barras de labios. Esto no era en absoluto lo que los hombres querían, habíamos estado suplicando cientos y miles de otras cosas y no sé quién pidió las barras de labios. Desearía con toda mi alma poder saber quién lo hizo, fue una obra de genio, de absoluta brillantez en estado puro. No creo que nada hiciera más por las internas que las barras de labios. Las mujeres se acostaban sin sábanas ni camisones pero con los labios rojos, las veías pulular sin nada más que una manta sobre los hombros pero con los labios rojos. Vi una mujer muerta en el mortuorio que se aferraba a un tubo de barra de labios. Por fin alguien había hecho algo para convertirlas en individuos de nuevo, eran alguien, más allá del mero número tatuado en el brazo. Por fin podían interesarse en su apariencia. Esas barras de labios empezaron a a traerlas de vuelta a la humanidad."

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Cuento: El hombre que se creía muerto

Viernes, 02 Mayo 2014 09:03

¿En qué medida nuestras propias creencias nos aprisionan y determinan nuestra vida?

El hombre que se creía Muerto

Un cuento de Jorge Bucay

Había una vez un hombre muy aprensivo respecto de sus propias enfermedades y, sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte.

Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió pensar que a lo mejor ya estaba muerto. Entonces le pregunto a su mujer:

-Dime, mujer. ¿No estaré muerto?
La mujer rió y le dijo que se tocara las manos y los pies.
-¿Ves?¡Están calientes!Bien, eso quiere decir que estás vivo. Si estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.

Al hombre le pareció muy razonable la respuesta y se tranquilizó.

Pocas semanas después, un día en que estaba nevando, el hombre fue al bosque a cortar leña. Cuando llegó al bosque, se quitó los guantes y empezó a cortar troncos con un hacha.
Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y se notó que estaba fría. Acordándose de lo que le había dicho su mujer, se quitó los zapatos y los calcetines y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.

En ese momento no le quedó ya ninguna duda: se "dio cuenta" de que estaba muerto.
-No es bueno que un muerto ande por ahí cortando leña-se dijo. Así que dejó el hacha junto a su mula y se tendió quieto en el suelo helado, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados.

Al poco de estar tendido en el suelo, una jauría de perros se acercó a las alforjas donde se hallaban las provisiones. Al ver que nada los detenía, destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había comestible en ellas. El hombre pensó: "Suerte tienen de que estoy muerto. Si no, yo mismo los echaba a patadas".

La jauría siguió husmeando y descubrió a la mula atada a un árbol, fácil presa para los afilados dientes de los perros. La mula chilló y coceó, pero el hombre sólo pensaba en cómo le hubiera gustado defenderla, si no fuera porque él estaba muerto.

En pocos minutos dieron buena cuenta de la mula, y tan sólo algunos perro seguían royendo los huesos.

La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros percibió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al leñador tendido en el suelo inmóvil. Se acercó lentamente, muy lentamente, por que para él los hombres eran seres muy peligrosos y traicioneros.

En pocos instantes, todos los perros rodearon al hombre con sus fauces babeantes. "Ahora me van a comer -pensó el hombre-. Si no estuviera muerto, otra sería la historia."

Los perros se acercaron...
...y viendo su inmovilidad, se lo comieron.

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Cuento: El drama del desencantado

Jueves, 07 Agosto 2014 00:00

 

Despidiendo al gran maestro García Márquez, que nos hizo soñar despiertos con sus maravillosos relatos (realmente disfruté cada página de 100 años de soledad), un pequeño cuento:

El drama del desencantado

Un cuento de Gabriel García Márquez


...el drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo, y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.

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Cuento: Casa tomada

Jueves, 07 Agosto 2014 00:00

 

Habitualmente publico cuentos cortos, pero hoy comparto con ustedes uno un poco más largo y que la gran mayoría seguramente conoce. Sin embargo, lo publico con la esperanza de que alguien lo reencuentre con el mismo gusto que yo lo reencontré, o mejor aun, que alguien lo experimente por primera vez:

Casa tomada

Un cuento de Julio Cortázar

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las últimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

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Cuento: El crimen perfecto

Viernes, 11 Abril 2014 16:36

 

Cuento: El crimen perfecto

de Eduardo Galeano en “El libro de los abrazos”

En Londres es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento.

Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el imperio británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría, luego, las pruebas de la infamia.

¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como malaria. Y en eso, uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado.

De inmediato, pusieron manos a la obra. Hicieron moldes de cera, que reproducían las monedas británicas a la perfección; después llenaron de agua los moldes y los metieron en el congelador.

Las monedas de hielo no dejaban huellas, porque las evaporaba el calor.

Y así, aquel apartamento de Londres se convirtió en una playa del mar caribe.

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