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Cuento: La Peste

Viernes, 03 Octubre 2014 00:00

¿Cómo funciona el terrorismo? Simplemente causando miedo. Por ello, cada vez que hay ataques terroristas conviene preguntarse: En este momento ¿A quién le conviene el miedo de la población?.

 

Un cuento:

 

La Peste

Cuento popular árabe

Una caravana de mercaderes y peregrinos atravesaban lentamente el desierto. De pronto, a lo lejos, apareció un veloz jinete que surcaba las arenas como si su caballo llevara alas.

 

Cuando aquel extraño jinete se acercó, todos los miembros de la caravana pudieron contemplar, con horror, su esquelética figura que apenas si se detuvo junto a ellos. Tras una breve conversación lo comprendieron todo.

 

Era la Peste que se dirigía a Damasco, ansiosa de segar vidas y sembrar la muerte.

 

— ¿Adónde vas tan deprisa? –le preguntó el jefe.

 

— A Damasco. Allí pienso cobrarme un millar de vidas.

 

Y antes de que los mercaderes pudieran reaccionar, ya estaba cabalgando de nuevo. Le siguieron con la vista hasta que sólo fue un punto perdido entre la inmensidad de las dunas.

 

Semanas después la caravana llegó a Damasco. Tan sólo encontró tristeza, lamentos y desolación. La Peste se había cobrado cerca de 50.000 vidas. En todas las casas había algún muerto que llorar, niños y ancianos, muchachas, jóvenes…

 

El jefe de la caravana se llenó de rabia e impotencia. La Peste le había dicho que iba a cobrarse un millar de vidas… sin embargo había causado una gran mortandad.

 

Cuando tiempo después, dirigiendo otra caravana por el desierto, el jefe volvió a encontrarse con la Peste, le dijo con actitud de reproche:

 

— ¡Ya sé que en Damasco te cobraste 50.000 vidas, no el millar que me habías dicho! No sólo causas la muerte, sino que además tus palabras están llenas de falsedad.

 

— ¡No! –respondió la Peste con energía-, yo siempre soy fiel a mi palabra. Yo sólo acabé con mil vidas. El resto se las llevó el Miedo.

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Cuento: ¿Qué pides a cambio de tu alma?

Viernes, 26 Septiembre 2014 00:00

Uno de esos cuentos cortos de los sufís:

 

¿Qué pides a cambio de tu alma?

Cuento de la tradición sufí.

Una vez Satanás, que hablaba con un hombre, le dijo:

— ¿Qué pides a cambio de tu alma?

— Exijo riquezas, posesiones, honores... También juventud, poder, fuerza... Exijo sabiduría, genio... renombre, fama, gloria... placeres y amores... ¿Me darás todo eso?

— No te daré nada.

— Entonces, no te daré mi alma.

— Tu alma ya es mía.

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Cuento: Un sueño

Domingo, 10 Abril 2016 00:00

Las reglas son las que establecen el carácter de un juego, pero las reglas solo se aplican a ese juego.


Un sueño

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Cuento: La Lechuza y la Tórtola

Viernes, 01 Abril 2016 00:00

¿Cambiar? ¿Qué quieres cambiar? ¿Qué nivel de cambio quieres en tu vida?

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Cuento: El Hachero Esforzado

Domingo, 05 Abril 2015 00:00

Este es un cuento sencillo y clásico pero que no deja de ser cierto. Muchas veces en mi trabajo o en las organizaciones que participo sufrimos de un mal muy sencillo: El tratar de aplicar demasiado sin poder darnos el tiempo para alimentar la labor que hacemos. A veces es tan sencillo como parar por un día y cuestionar: ¿Qué estamos haciendo? ¿Para quién lo estamos haciendo? ¿Para qué lo estamos haciendo? ¿Cuál es la mejor manera de hacerlo, considerando los puntos anteriores?

El Hachero Esforzado

Por Jorge Bucay

Había una vez un hachero que se presentó a trabajar en una maderera. El sueldo era bueno y las condiciones de trabajo mejores aún; así que el hachero se decidió a hacer buen papel. El primer día se presentó al capataz, quien le dio un hacha y le designó una zona. El hombre entusiasmado salió al bosque a talar. En un solo día cortó dieciocho árboles.

 

—Te felicito –dijo el capataz— sigue así.

 

Animado por las palabras del capataz, el hachero se decidió a mejorar su propio desempeño al día siguiente; así que esa noche se acostó bien temprano. A la mañana se levantó antes que nadie y se fue al bosque. A pesar de todo el empeño, no consiguió cortar más que quince árboles.

 

—Me debo haber cansado –pensó y decidió acostarse con la puesta del sol.

 

Al amanecer, se levantó decidido a batir su marca de dieciocho árboles. Sin embargo, ese día no llegó ni a la mitad. Al día siguiente fueron siete, luego cinco y el último día estuvo toda la tarde tratando de voltear su segundo árbol. Inquieto por el pensamiento del capataz, el hachero se acercó a contarle lo que le estaba pasando y a jurarle y perjurarle que se esforzaba al límite de desfallecer.

 

El capataz le preguntó:

 

— ¿Cuándo afilaste tu hacha la última vez?

 

— ¿Afilar? No tuve tiempo de afilar, estuve muy ocupado cortando árboles.

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Cuento: El vicio del alcohol

Lunes, 04 Abril 2016 00:00

Escritor, crítico de arte y pintor, Juan Emar (1893-1964) no fue popular en su tiempo, a pesar de ser reconocido como un escritor de vanguardia. Claramente es extraño. Un cuento para hoy:

 

El vicio del alcohol

Juan Emar

Los dibujos son de Juan Emar

     Anoche, desde mi cama, oí el grito ronco de una mujer que gozaba. Anoche oí detenerse el reloj dos minutos esperando a la Luna que a su vez se había detenido para ver, en su propia sombra de la calle, dos perros que se batían.

     Anoche canté, solo, de espaldas:

     Voy para mis montañas

     A pedirle a Dios

     Pa estas penas mías

     Nieve, viento y sol.

     Oí mi canto. Lo cual es altamente absurdo.

     Consideré también altamente absurdo cómo están organizadas sobre esta Tierra las cuestiones del sexo. Pues todas las muchachas hermosas deberían estar desnudas, de espaldas, atadas con gruesas cadenas, y con los muslos abiertos, totalmente abiertos. Entonces se las podría azotar sin piedad.

     Pero no hay organización alguna. Al menos mientras las estrellas no nos expliquen todas sus distancias reducidas a entre ambas manos, y al menos mientras los obispos no vistan del verde de los musgos de los pantanos sosegados.

     Nada de lo anotado es arbitrario. Entre esos tres elementos —muchachas atadas, estrellas y posibles obispos vestidos de verde— he visto siempre una filiación absoluta. Prueba de ello es que no he puesto otros elementos sino los anotados. Ahora bien, que yo, hoy día y hasta hoy desde 42 años, no pueda desmontar y luego explicar con claridad de cerebro bien organizado tal filiación, no es prueba alguna de su no existencia. Debe pensarse que tampoco puedo dilucidar cada uno de los elementos que la forman. Sin embargo, nadie duda de su realidad. Desafío a quien sea a que me desmonte y explique una muchacha aunque él mismo la haya atado. Desafío una explicación convincente sobre las estrellas aún si se dispone de todos los telescopios del mundo, pues los telescopios mismos necesitarían una explicación ya que sólo existen por la explicación abstracta que antes el cerebro fabricó. Desafío a cualquier humano a que tome a un obispo, le quite sus vestimentas habituales y las reemplace por las de un tono exacto al verde de los pantanos sosegados. Luego que se siente frente a frente del obispo —que fume o no fume, absorba o no rapé, me es igual—, y con voz nítida me explique lo que realmente acaba de suceder. ¡Desafío! Y, por otro lado, que se presente quien dude de la existencia de muchachas, estrellas y obispos. Por mi parte, espero alguna vez explicar todo esto debidamente. Sigamos, pues, con las cuestiones del sexo.

     Podrían tener solución más rápida. Sería ella si pudiésemos encontrar placer en hacer el amor con largas tiras de terciopelo. Esto tampoco es arbitrario. Puedo rehacer aquí una argumentación semejante a la anterior. Pero esto me quitaría mucho tiempo y es necesario, es urgente, que pronto, antes que termine el grito de esa mujer que goza, es indispensable que todos los hombres bien nacidos, todos cuantos nos emocionamos ante las voces de Patria y Virtud, es impostergable que luchemos tenazmente en contra del vicio del alcohol.

     Mas para esto hace falta un muchacho esbelto, moreno, de ojos claros, que vestiríamos con una malla muy ceñida de color corteza de almendra y que tocaríamos con un gran sombrero, un sombrero planetario, el sombrero en sí mismo y en su total grandeza. ¡Oh qué magnífica, oh qué soberbia cosa es un sombrero!

     Yo, aquí en casa, tengo diez y siete. Juro solemnemente que hace ya nueve años que jamás me he acostado sin antes haber orinado varias gotas sobre cada uno. Luego cojo un pequeño fusil de salón y hago fuego sobre los diez y siete, uno tras otro. Volvamos al muchacho.

     ¡El sombrero inimaginable!

     El muchacho debe esperar algunos minutos.

     He tomado un cajón parafinero, de madera bruta. Tiene cinco costados. Es decir, tiene un hueco que cubro con un vidrio para que no se pueda tocar lo que hay dentro, pero sí, se pueda ver. Listo.

     Hay a un costado cinco botellas que crecen de tamaño a medida que se alejan del vidrio. Al otro lado hay otras cinco iguales. Se juntan al fondo. Así:

1

     En las dos primeras se lee: Cerveza; en las segundas: Vino; en las terceras: Pisco; en las cuartas: Whisky; en las quintas: Alcohol Puro.

     Símbolo expresado:

     Las botellas crecen del tamaño: el alcohólico necesita cada vez más alcohol.

     Junto con crecer las botellas, crece el grado de alcohol del contenido.

     Símbolo expresado:

     El alcohólico no sólo necesita mayor cantidad sino que también aumentar la potencia del mismo, desde cerveza hasta alcohol puro.

     En el primer plano, al centro, se yergue una rosa artificial. Así:

 

2

 

     Símbolo expresado:

     Bajo la influencia de los vapores alcohólicos todo lo vemos color de rosa, como una rosa. De ahí la rosa. 

     Pero la rosa es artificial.

     Símbolo expresado:

     Nada de lo que vemos color de rosa tiene, de verdad, tal color. La vida sigue. La vida es negra.

     De lo alto, sobre la rosa, cuelga de su hilo, una tarántula velluda. Así:

 

3

     Símbolo expresado:

     Las tarántulas, sobre todo las velludas, son repugnantes, asquerosas, infernales. A eso lleva el vicio del alcohol: a convertir a uno en un ser repugnante, asqueroso e infernal.

     No se olvide que la tarántula queda sobre la rosa.

     Símbolo expresado:

     La verdad está sobre la mentira.

     Cada cual puede hacer esta construcción simbólica en su propio domicilio. Pero, si se quiere que alcance a las masas, hace falta algo más:

     ¡El muchacho!

     Y el sombrero.

     El muchacho con su sombrero debe colocarse tras el cajón y el cajón debe colocarse al centro de una plaza pública. El muchacho debe ponerse a gritar:

     —¡Acudid! ¡Acudid!

     Entonces, sí, acudirán las masas y, al ver todo aquello, huirán para siempre del vicio del alcohol.

     Si los hombres no bebiesen, tal vez habría posibilidad de atar algunas muchachas y azotarlas. Así las estrellas podrían seguir su camino, los obispos seguir con sus sotanas habituales y las liras de terciopelo no temer violación alguna.

     Pero hace falta el sombrero. Recibiré todos los modelos que se me envíen.

     Anoche oí el grito ronco de una mujer que gozaba.

     Luego sopló el viento. Se lo llevó todo. Se llevó un obispo que depositó, tras ocho siglos de vuelo, en medio de la Vía Láctea.

     Ese obispo puede ser allá nuestro representante en la lucha tenaz en contra del vicio del alcohol. Sólo que..., hay que buscar medio de enviarle cuanto antes un muchacho esbelto, moreno, de ojos claros. El allá se encargará de vestirlo como sea necesario. Acaso, dado el clima, con arena.

     Como sea, ¡hay que luchar! Al fondo —¡no lo olvidéis!— están las muchachas atadas con cadenas. No lo olvidéis: ¡podréis azotar sin piedad!

     Anoche oí el grito ronco de una mujer que gozaba.

     Un momento después me tomé una copa de alcohol puro. Y lloré sobre las desventuras que afligen a mis semejantes.

     Luego tomé una copa de whisky. Lloré sobre cuanto tienen que sufrir, a causa de mis semejantes, los animales y las aves de nuestro planeta.

     Luego tomé una copa de pisco. Lloré por los reptiles, los peces y los insectos.

     Luego, una copa de vino. Lloré por las flores, las hojas, los frutos, por las raíces que se entierran suelo abajo.

     Por fin tomé un vaso de cerveza. Y lloré por nuestros hermanos, nuestros tiernos y dulces hermanos que no hablan, que no crecen, que no fornican: los minerales.

     Entonces me encomendé al obispo de la Vía Láctea y le imploré tuviese a bien pedirle al Sumo Hacedor hiciese caer sobre la Tierra una lluvia abundante de agua de Su Reino o de las simples nubes si el tedio en aquel instante lo dominaba.

     Llovió.

     Estiré ambas manos juntas. Me incliné sobre ellas. Bebí, bebí agua, agua inocente y celeste.

     Apareció Pibesa, lenta, regular, sobre sus empinados taconcitos rojos.

     Sonriente, se dejó atar con cadenas gruesas.

     Desnuda, clara, lejos de toda sombra de alcohol. Clara diáfana. Su cabellera de oro viejo y oscuro; su sexo de oro vibrante. Sus pies con las dos largas gotas sangrientas de sus taconcitos. Las cadenas mudas.

     La azoté sin piedad.

     La azoté con el látigo hecho de cuero de potro. Un potro manso y sosegado. Aquél que, cuando yo niño, muy niño, me paseó con tranco lento por sobre el primer cerro que veía.

     La azoté más y más.

     Entonces todo el barrio, todo Santiago, todo Chile, toda América oyó, en medio de la noche, el grito ronco de una mujer que gozaba.

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Hubo un tiempo en que los relojes eran mecánicos, no tenían bateria, y cada día el dueño debía darle cuerda para que este se mantuviera funcionando. Como era un mecanismo muy preciso había grandes diferencias entre un reloj de calidad, muy costoso, y uno normal, más accesible, ya que el segundo se adelantaba o se atrasaba con mayor facilidad, por lo que además había que estar ajustando la hora regularmente.

En 1969 se lanzó al mercado el primer reloj de cuarzo, lo que quiere decir que tiene un pequeño trozo de cristal de cuarzo que vibra a intervalos regulares al ser estimulado eléctricamente. Su gran propiedad es: Vibra a intervalos regulares, no aumenta si le das más voltaje y no disminuye si le llega menos, simplemente deja de vibrar, de esta manera el reloj no adelanta cuando tiene baterías nuevas y no atrasa cuando la batería comienza a agotarse.

Seiko al lanzar el primer modelo, que era tan costoso como un automóvil de la época y que tenía la propiedad de atrasarse solo 5 segundos al mes, usó el eslogan: “Algún día, todos los relojes serán como este”. Tenían razón.

La introducción ha sido más larga que el cuento -que ni siquiera sé si se puede definir como tal- pero lo importante de éste no es el reloj ni su cuerda, ya que sería perfectamente plausible que en la actualidad el relato se llamara “Preámbulo a las instrucciones para cargar el celular” (Algún día copiaré a Cortázar así).

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Julio Cortázar, tomado de "Historias de cronopios y de famas"

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

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Cuento: El trueque

Viernes, 15 Agosto 2014 00:00

¿Qué es lo que posees, más allá de la visión de tu propia mirada o lo que esperas que los otros vean?

Un breve y complejo cuento de Khalil Gibran

El trueque

Un cuento de Gibran Khalil Gibran.

 

Una vez, en el cruce de un camino, un Poeta pobre encontró a un rico Estúpido, y conversaron. Y todo lo que decían revelaba el descontento de ambos.

Entonces el Ángel del Camino se acercó y posó su mano sobre el hombro de los dos hombres. Y, créanlo, un milagro se produjo; ambos intercambiaron sus posesiones.

Y se alejaron. Pero, cosa difícil de relatar, el Poeta miró y encontró sólo arena seca en sus manos; y el Estúpido cerró los ojos y sintió nada más que nubes en su corazón.

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Cuento: Las “virtudes”

Martes, 05 Abril 2016 00:00

Encontré genial, hace varios años, cuando encontré esta frase en un libro de Jacques-Alain Miller:
"...La peor perversión es la rectitud".

Me gustó, porque justamente vi algo en mi, y que además puedo ver en los demás: No hay peor uso para la rectitud individual que usarlo como justificación para juzgar a los demás.

Un cuento sufi:

¿Con quién quieres pasar el tiempo?

Cuento de la tradición sufí.

—¡Sois todos unos pecadores despreciables y unos holgazanes inmorales! —vociferaba un predicador ambulante a un grupo de aldeanos—. ¡Ningún hombre de este lugar verá las puertas del Paraíso!

—¿Estás seguro? —le preguntó Nasrudín.

—¡Haz todas las bromas que quieras, advenedizo! —bramó el predicador, furioso porque se pusiera en duda sus palabras—. ¡Tú serás el primero en sentir las llamas del infierno lamiendo tus botas!

—¿Y dónde irás tú después de morir?

—Los creyentes virtuosos como yo irán directamente al Paraíso eterno.

—En ese caso —contestó Nasrudín tranquilamente—, es mejor que acompañe a mis amigos y parientes al infierno. Prefiero contar chistes para entretenerlos que tener que vivir con maníacos como tú por toda la eternidad.

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Cuento: El reloj parado a las siete.

Viernes, 01 Agosto 2014 00:00

 

No todo puede ocurrir siempre, no existe la sensación de cumbre si no hubiese bajadas. Parece. Algo de eso habla este cuento.

El reloj parado a las siete.

Giovanni Papini, tomado del libro “El piloto ciego”

Hay, en la sombra de mi habitación, un viejo reloj que desde hace muchos años está parado y marca las siete. Todos los otros relojes de la casa y de la ciudad laten y suenan, caminan y viven, y el viejo reloj de mi habitación, con su blanca esfera en medio de la caja negra, permanece tranquilo e inmóvil, fiel a aquella hora que marcó la última. Pero cada doce horas hay un momento en que el pobre reloj de mi habitación parece volverse a despertar y vivir con los demás, en armonía con el mundo que lo contiene. Cuando todas las esferas marcan las siete y los tañidos estridentes o argentinos de los relojes de péndulo se oyen siete veces, y los cucos de las provincias salen para repetir siete veces su melancólico grito de bestias manufacturadas y prisioneras, entonces también mi viejo reloj parece participar gravemente en la solemne vida del tiempo. Dos veces cada día, en dos rápidos momentos cada día, esa máquina muerta forma parte de la vida, esa antigua inmovilidad parece volver a ponerse en movimiento. A quien lo mirara solamente entonces, en aquellos dos momentos y nada más, el inmóvil reloj diría la verdad.

Pero apenas las otras manecillas han pasado la señal, apenas los tañidos de las campanas se han perdido como en un vapor de temblorosa solemnidad, apenas los patéticos cucos se han retirado a sus cajitas de madera, yo me doy cuenta de que el pobre reloj de mi habitación está verdaderamente muerto y que los ejemplos y los estrépitos y los gritos de todos sus hermanos no lo han podido despertar.

Y precisamente por eso yo amo tanto al cansado reloj inmutablemente parado a las siete. Me gusta la elección que hizo de la última hora hace tantos años, y la tranquila fidelidad de su sueño. Y más me gusta y más lo quiero porque en él he debido ver un reflejo de mí, un espejo de mí mismo, otro yo mismo. Su suerte es casi la mía y mi vida se parece un poco a su muerte.

¿Por qué he llegado tan pronto a confesar este miedo mío? Pero, ¿podía dejar de hacerlo? ¿No se hubiera dado cuenta por sí mismo, el Otro —aquel que sabe mostrarse con tantos rostros—, de que mi existencia está hecha de pausas de silencio, de sueño y de muerte, interrumpidas a saltos y sobresaltos rapidísimos de vida aparente?

También yo estoy, como el pobre reloj, desde hace muchos años inmóvil en la sombra. La mayor parte del tiempo de mi vida está vacía, es ordinaria, corriente, llena de aburrimiento inexpresado y de estúpidas alegrías, de proyectos caseros y de pobres fantasías, como la del más pobre espíritu de todos vosotros. Casi siempre soy un hombre como los demás hombres, pertenezco a mi especie, siento que soy hijo de esta tierra y me dejo arrastrar por este canal soñoliento de actos automáticos y de palabras aprendidas que vosotros y yo llamamos vida.

Pero yo sé que en el mundo no solamente hay esto, y que no solamente en esta pobre forma se manifiesta la existencia. En el mundo hay —yo lo sé con la más perfecta seguridad— voces tan suaves que hablan siempre sin preocuparse de ser escuchadas, y grandes corazones que laten, y laten fuerte como divinos herreros en las cavernas de los mundos, y venas que baten rápidamente como torrentes, hinchadas como ríos reales. Y hay en el mundo orquestas colosales hechas con el viento y con el mar, y grandiosos coros de árboles altos y temblorosos que tocan y cantan noches enteras para fiestas desconocidas.

Pero ustedes y yo no sentimos: todo este alegre estrépito del mundo no parece hecho para nosotros. En esta armoniosa fragua nosotros permanecemos sordos e inquietos en los ángulos más oscuros.

Pero no siempre, hermanos, estoy condenado a esta sordera e inmovilidad. Llegan instantes en que mi alma se convierte en parte de este mayor mundo, y siente y repite los latidos, los sonidos y las voces. Esos momentos no llegan, con frecuencia, pero se realizan con la regularidad de una conjunción celestial.

Entonces me parece que la línea de mi vida corta y atraviesa la línea de otro mundo, y que yo estoy obligado a superar con un salto un río de luz para volver a la oscuridad. Pero en esos instantes tan breves, tan huidizos, yo vivo bastantes más cosas que en todo el tiempo que transcurre entre un pasaje y otros, y siento que me vienen a la boca palabras que nunca he dicho y siento que me queman el corazón pasiones que nunca tuve y que me elevan el alma entusiasmos improvisos por cosas que yo no comprendía antes; oigo murmurarme al oído respuestas a preguntas que yo no recuerdo haber hecho. En cada uno de esos momentos me veo en medio del universo, como un pastor en lo alto de un monte que domine todos los prados, y nada está escondido y callado para mí, ni las sinceras confesiones de las cosas, ni los tiernos secretos de los corazones. ¡Y me siento tan grande y tan solo! Sereno, en lo alto, respirando bien, en perfecta alegría, en contacto con las cosas, en comunión con Dios. Reencuentro entonces el simple sabor de los elementos, el sabor de las cosas queridas y olvidadas: del aire puro, del agua fría, del pan bueno, de la hierba fresca y del viento ligero. Y en aquellos momentos ya no hablo yo, sino que alguien habla en mí en voz alta y parece que dentro de mi corazón se abre ún manantial que corre con armoniosa monotonía para apagar la sed a los peregrinos de todos los caminos.

Yo experimento, y siento, y gozo en aquel instante la fugaz felicidad de estar de acuerdo con el mundo. En aquel instante yo estoy entonado y armonizo con las cosas: lato con su mismo latido, respiro con su mismo aliento, camino con su mismo paso, hablo con su misma voz, vivo con su misma vida. Pero, pasado ese instante, el mundo sigue moviéndose y viviendo y latiendo y cantando, y yo sigo siendo el que era y vuelvo a caer en mi sueño, en mi silencio, en mi muerte, en la vida de los hombres, a esperar, sin saberlo, el retorno del demasiado rápido encuentro.

Si yo estuviera como tú, pobre y viejo reloj de mi habitación, hecho solamente de muelles y de ruedas de acero oxidado encerrados en una caja de madera negra, no me asaltaría esta melancolía inútil al pensar en el fúnebre ritmo de mi vida. Pero yo estoy formado, mudo reloj, de sangre caliente, de nervios inquietos y de deseos que no se contentan ni siquiera con lo imposible.

¿Por qué sufrir las largas noches de oscuridad para un minuto de luz, los eternos días de silencio y de soledad para una nota de canto en el coro del universo? ¿Por qué no me ha sido concedido vivir siempre, vivir a cada momento y en todo tiempo, sin descansos y sin esperas? ¿Por qué no puedo acompañar a todas las cosas en los solemnes ciclos de la vida en lugar de esperar el punto en que inciden estrepitosamente en mi desesperada inmovilidad?

Dejen, pues, de reír, ustedes, caballeros melindrosos y bien peinados, que no quieren escuchar ni los delirios ni las verdades. ¿Acaso creen vivir siempre? También ustedes, creo, viven solamente cuando su pobre existencia coincide, en su hora, con la existencia del mundo. Todo el resto del tiempo no es más que una espera inconsciente. Cada hombre tiene su hora y aquel que no lo sabe y no la espera, sonríe y ríe como hacen ustedes en este momento.

Latan, relojes de la ciudad. ¡Latan, corazones de los hombres! ¡Latan alegremente todos en coro! ¡Representen con empeño, hombres y mujeres, la farsa de la vida y no olviden acompañarla con la gavota del sentimiento! ¡Pero acuérdense también de la fea y odiosa verdad: su vida está parada, acaso parada para siempre!

Ustedes, hombres felices, sanos y regulados, que se contentan con el lento movimiento de su corazón y el tictac implacable de su existencia. Ustedes están seguros de vivir y se complacen con el perpetuo acorde de su inmovilidad. Pero yo, que sufro toda la humillación de saberme muerto, muerto y encerrado en este ataúd de piedras y ladrillos que es mi habitación, y que sólo de cuando en cuando atravieso huyendo la esfera del fuego, yo no quiero pagar con tantas horas de silencio un minuto de elocuencia; con estos larguísimos días de estupidez, un instante de genio.

Yo sé que tú esperas paciente, ¡oh viejo reloj de mi habitación!, y que no anhelas otro momento de vida y de armonía fuera de las siete. Y he aquí que tu momento se acerca. Dentro de poco sonarán los relojes de las torres, y por siete veces los martillos invisibles golpearán las pequeñas campanas escondidas. Y después que haya vuelto el silencio tú seguirás señalando, tranquilo y fiel, la misma hora, por toda la eternidad, mientras las otras manecillas, caprichosas, proseguirán sus inútiles giros.

Pero mi momento, el divino instante que no se detiene, ha pasado ya. Mientras escribía cerca de ti estas páginas tristes, he sentido, durante algunos segundos, lo que tú sabes. Y ahora todo ha desaparecido y se ha desvanecido, y yo veo y escucho solamente lo que todos ven y escuchan. Me siento un poco más cansado, pero perfectamente tranquilo, equilibrado, práctico, razonable y no sé cómo resistir el deseo de romper todo lo que he escrito.

Pero pienso...

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