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Cuento: Verdadera riqueza

Viernes, 12 Diciembre 2014 00:00

No hay nada más certero que la muerte que nos llegará a todos, tarde o temprano, pero esa certeza no quita para nada el miedo que la mayoría siente frente a la incertidumbre de la muerte, que puede ser reducida o paleada por nuestras creencias religiosas o espirituales, pero que siempre sigue siendo un gran misterio.

Un sencillo cuento Zen sobre la verdadera riqueza de la vida y la muerte.

 

Verdadera riqueza

 

Cuento budista Zen

 

Un hombre muy rico le pidió a Sengai que le escribiese algo para la continuidad de la prosperidad de su familia, de manera que ésta pudiese mantener su fortuna de generación en generación.

 

Sengai tomó una larga hoja de papel de arroz y escribió:

 

- "El padre muere, el hijo muere, el nieto muere".

 

El hombre rico se indignó y ofendió:

 

- "¡Yo le pedí que escribiese algo para la felicidad de mi familia! ¿Por qué realizó una broma de este tipo?".

 

Sengai explicó tranquilamente:

 

- "No pretendí hacer bromas. Si antes de su muerte su hijo muriera, esto lo heriría inmensamente. Si su nieto se fuera antes que su hijo, tanto usted como él estarían destruidos. Pero si su familia, de generación en generación, muere en el orden que le describí, ese sería el curso más natural de la vida. Yo llamo a eso verdadera riqueza".

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Cuento: El rebelde

Viernes, 05 Diciembre 2014 00:00

Cuándo alguien me dice: “Me voy a ir a vivir a Tombuctú, porque quiero que mis padres dejen de controlar mi vida” yo le cuento este cuento. Irse a vivir lejos es solo una forma de reaccionar, lo que hay que aprender es a diferenciarse y por lo tanto responder. Eso se puede hacer sin moverse ni dos pasos.

El Revelde

Un cuento Sufi relatado por Osho

Hay una pequeña historia de Mulla Nasrudin. Era un inconformista, básicamente reaccionario, una mente absolutamente negativa. Si su padre le decía: “Tienes que ir a la derecha”, podías estar seguro que iría a la izquierda.

 

Muy pronto el padre se dio cuenta, y entonces no hubo más problemas. Cuando quería que fuera a la derecha, le decía, “por favor, ve a la izquierda”, y él iría a la derecha. Estaba desobedeciendo. Era un inconformista, pero estaba totalmente inconsciente de que le estaban ordenando, mandando, controlando, y que estaba haciendo justamente lo que el padre quería que hiciese.

 

Lentamente se empezó a dar cuenta - “¿Qué pasa? Antes mi padre solía enojarse cuando me ordenaba que fuera a la derecha y yo iba a la izquierda. Yo sigo tan desobediente como siempre, pero ahora nunca se queja”. Pronto se dio cuenta de la estrategia.

 

Un día el anciano padre y Nasrudin estaban cruzando el río con su burro, el que cargaba una gran bolsa de azúcar. La bolsa se inclinaba más hacia la derecha, y corría peligro de resbalar y caer al río y perder el azúcar. El padre iba detrás y sabía que, “si digo ‘mueve la bolsa a la izquierda’, tengo un hijo tan extraño que, inmediatamente la moverá hacia la derecha, y la bolsa caerá al río y se perderá todo el azúcar”. Así que gritó: “Nasrudin - mueve la bolsa a la derecha”,esperando que la moviera a la izquierda, según su experiencia previa. Pero para aquel entonces Nasrudin también se había dado cuenta. Le dijo: “Muy bien”. Y movió la bolsa a la derecha ¡y la bolsa cayó al río!

 

El padre le dijo: “¿Qué pasó, ya no eres más desobediente?”. El le contestó: “Desde ahora en adelante, voy a decidir cada vez si soy obediente, o no. No tendré ninguna filosofía fija, sino que actuaré de acuerdo a la situación, porque has sido astuto conmigo, me has estado engañando. ¡Soy tu hijo y aún así me has estado engañando! Me has estado ordenando de tal manera que al desobedecerte te obedecía. Desde hoy en adelante estaré alerta - puedo obedecer, puedo desobedecer. Desde hoy ya no seré predecible, controlable, no estaré más en tus manos”.

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Cuento: La camisa del hombre feliz

Martes, 01 Diciembre 2015 00:00

En los últimos años, sobretodo gracias a la psicología positiva, la definición de felicidad se ha modificado, reconociendo la felicidad más allá de la sensación subjetiva de bienestar. Claramente, la felicidad como objetivo de vida y de desarrollo es y será un tema de larga discusión.

Un cuento sobre la felicidad.

La camisa del hombre feliz

por María Teresa Andruetto

La historia que voy a contarles sucedió hace muchísimos años en el corazón de Siam.

Siam es la tierra donde viven los tai.

Una tierra de arrozales atravesada por las aguas barrosas del Menam.

Hace muchísimos años, el Rey de los tai se llamaba Ananda.

Ananda tenía una hija. La princesa Nan.

Y Nan estaba enferma. Languidecía.

Ananda, que era un rey poderoso y amaba a su hija, consultó a los sabios del reino.

Y los sabios más sabios del reino dijeron que la princesa Languidecía de aburrimiento.

-¿Qué la puede curar? -preguntó el Rey con la voz en un temblor.

- Par sanar -contestaron los sabios-, deberá ponerse la camisa de un hombre feliz.

- ¡Qué remedio tan sencillo! -suspiró aliviado el Rey.

Y ordenó a su asistente que fuera a buscar al primer hombre feliz que encontrara, para pedirle la camisa.

El asistente salió a buscar.

Recorrió uno a uno los enormes salones del palacio.

Habitaciones tapizadas de esteras.

Adornadas con paños de seda colorida.

Aromosas a sándalo.

Y regresó sorprendido adonde estaba el Rey.

-Señor mío - le dijo-, he recorrido los salones de todo el palacio y no he encontrado hombre alguno que fuera feliz.

El rey, más sorprendido aún, mandó a llamas a todos sus servidores y les ordenó que recorrieran el reino de parte a parte.

De Norte a Sur.

De Este a Oeste.

Hasta encontrar a un hombre que fuera feliz y pedirle la camisa.

Los servidores recorrieron reino de parte a parte.

Buscaron entre los tai más honorables.

Pero no había entre los tai más honorables, hombres felices.

Buscaron entre los escribas, cultos y sensibles.

Pero no había entre los escribas, hombres felices.

Entonces buscaron entre los trabajadores de seda.

Entre los trenzadores de bambú.

Entre los sembradores de adormideras.

Entre los fabricantes de barcazas.

Entre los pescadores de ostras.

Entre los campesinos sencillos.

Pero entre todos ellos no había un solo hombre que fuera feliz.

Hasta que llegaron al último pantano del reino y le preguntaron al más pobre de los arroceros:

-En nombre del Rey y Nuestro Señor, dinos si en verdad eres feliz.

El más pobre de los arroceros contestó que sí, y los servidores de Ananda le pidieron la camisa.

Pero él no tenía camisa.

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Cuento: El Arte de Mandar

Sábado, 19 Septiembre 2015 00:00

Uno de los mitos más difíciles de derribar en la educación, sobretodo al interior del hogar (aunque no deja de estar presente en las escuelas), es la idea de que el respeto es igual al miedo.

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Cuentos en 100 palabras (o menos)

Viernes, 14 Noviembre 2014 00:00

Desde hace más de una década que existe el interesante concurso “Santiago en 100 palabras” que ya se ha expandido a otras ciudades de Chile, abriendo la posibilidad a miles de personas de participar escribiendo pequeños relatos de su ciudad.

Aquí comparto cuatro que me han gustado:

 

AVC

SELECCIONADO POR REPECHAJE

Hoi la profezora de lenguage otra ves no bino. Falta mas de dos de los trez dias que nos toca con eya, mi mama me quiere poner en un colejio particular.

Cristóbal Roldán, 20 años, Maipú

 

Astronautas

MENCIÓN HONROSA XII VERSIÓN

Me gustan los ascensores. Me gustan, porque es como viajar por el espacio en un auto del futuro. Cuando la Paulita era chica, íbamos a los edificios que están en el centro. Podíamos jugar por horas subiendo y bajando. Claro que en ese entonces no eran como los de ahora. ¡Si hasta parecen verdaderas naves espaciales! Cuando hace frío, espero los que van más llenos. Me subo y marco el último piso. Me gusta imaginar que la Paulita me perdonó, que mi nieta me conoce y que nos vamos todos por el fin de semana a acampar a la luna.

Waldo Cortez, 40 años, Colina


Crónica roja

Sacó el cuchillo y en forma certera y violenta se lo hundió tres veces en el corazón, formando un triángulo. Era un rojo intenso que nunca había visto. Tomó el trozo, se lo echó a la boca, lo saboreó con éxtasis y dijo: “Éstas sí que son sandías, poh”.

Germán Girardin, 44 años, Providencia

 

La ciclista

La vi una mañana montada en su bicicleta color lila, de la que colgaban variados accesorios, entre ellos un atrapasueños y un claxon de camión. Su pelo color bronce, asomado bajo el casco, flotaba al viento. Subía por Bilbao y, repentinamente, se le cruzó un perro. Tocó su potente bocina y el animal saltó como tres metros. La gente que transitaba se paralizó, a un auto estacionado se le disparó la alarma y una camioneta pegó un frenazo de miedo. Ante tal hecatombe, ella bajó de su bicicleta, hizo una profunda reverencia a los espectadores y siguió tranquilamente su camino.

Julia Ávila, 71 años, San Miguel

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Cuento: La espera en el recodo

Viernes, 07 Noviembre 2014 00:00

Si bien cada viernes publico un cuento, de vez en cuando me doy el gusto de publicar un propio. :-)

No lloren.

 

La espera en el recodo

Por J. Cristóbal Juffe V.

 

Armand subía las escaleras como si se le fuera la vida en ello, peldaño a peldaño, anhelando con todo su corazón alcanzar la torre donde estaba encerrada Therese, pero como siempre, al llegar al recodo y preparar el sable, se detenía súbitamente, al mismo tiempo que Martina posaba una esquela en el borde superior de la página y cerraba el libro, para volver a comenzar desde la primera página al día siguiente.

 

Cada tarde, al llegar Martina de la escuela, Armand volvía a ver a Therese por primera vez, a sentir su perfume, a imaginarla sabiéndola inalcanzable, a conocerla a escondidas de su familia, a horrorizarse frente a su destino implacable, a soñar con salvarla de la muerte segura, a animarse a subir la torre guiado por los ojos de Martina, que palabra a palabra lo llevaban hasta el borde mismo del éxito para quedar detenido nuevamente en el recodo.

 

Martina cerraba el libro y partía corriendo a tomar la once, mientras se repetía otra vez, casi siempre a si misma y algunas veces a su madre: “No me quitarán a Armand”, porque desde su interior -quizás desde una incipiente intuición femenina- sabía que Armand, al entrar a la torre, sufriría de un final trágico, como el de Dimitri, que fue degollado por un pirata; el de Vincent que valientemente optó por morir ahorcado para llevarse a la tumba el secreto que salvaría la vida de su amada; el de Yves que se desangró al recibir una flecha en el pecho, un mortal proyectil que iba dirigido a la bella doncella que el quería desposar; o el de tantos de sus héroes que terminaban falleciendo – heroicamente, pero falleciendo al fin- en la última página del libro.

 

No, no le quitarían a Armand, que cada tarde se quedaba congelado en el recodo de la escalera hasta que Martina dormía y en sueños se encontraba con su héroe rescatando a Therese, matando al malvado viejo que su familia había designado como marido. Cada noche Armand salvaba a Therese de mil formas distintas y la tomaba en sus brazos y besaba apasionadamente a una Therese que curiosamente se parecía cada vez más a Martina.

 

Los años pasaron y Armand seguía en el mismo recodo, ya no todos los días, pero a lo menos una vez por semana, y en las noches volvía a los sueños donde el encuentro ya no eran solo besos, sino noches apasionadas donde la doncella Therese-Martina era tomada por los brazos fuertes de un heroico hombre grande, fuerte y tierno a la vez.

 

Las visitas de Martina a Armand, y su congelado intento de salvataje, se fueron distanciando cada vez más y ya solo se encontraban una o dos veces al mes, casi secretamente, ya que Martina se avergonzaba bastante de sus deseos en su fantasía infantil.

 

No pudo evitar la risa, a la mañana de su noche de bodas, cuando al mirar a Patricio, su marido, recordó fugazmente que esa noche había soñado con un Armand-Patricio amando y poseyendo a Therese-Martina en lo alto de una torre.

 

Solo años después, preparando todo para un cambio de casa (ya necesitaban una pieza más), volvió a encontrar el libro de su soñado Armand, y a pesar del ajetreo del traslado volvieron una vez más a revivir, Martina y Armand, el amor y la lucha por Therese hasta llegar al recodo de la escalera, justo antes de llegar a la torre. Por un momento Martina pensó en seguir, en dejar el marcador a un lado y dar vuelta la hoja en busca del temido y postergado final, pero por respeto a la niña que algún día fue, cerró el libro sin saber que en ese momento estaba matando a Armand, no a manos de una espada, la horca o un flechazo de su enemigo, no una muerte heroica por amor, sino a la insalvable muerte del olvido.

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Cuento: Experiencia

Viernes, 31 Octubre 2014 00:00

Casi siempre lo que necesitamos de los demás no son soluciones, sino simplemente empatía.

 

Un pequeño cuento sufi.

 

Experiencia

 

Cierta vez, Nasrudín se cayó de una escalera y se hizo mucho daño. A pesar de los emplastos y de las pociones, el dolor lo hacía sufrir terriblemente y sus amigos fueron a consolarlo:

—¡Hubiera podido ser mucho peor! —dijo uno.
—Después de todo, no te has roto nada —dijo otro.
—Pronto te repondrás —dijo un tercero.

En el colmo del dolor, Nasrudín se puso a pegar alaridos:

—¡Salid todos de aquí! ¡Abandonad esta habitación en el acto! ¡Madre, no dejes entrar a nadie a menos que se haya caído alguna vez de una escalera!

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Cuento: ¿Para qué quieres vivir?

Viernes, 12 Junio 2015 00:00

Como cada semana, les dejo un cuento. No confundir con un cuento que empieza más o menos similar, “el cuento del pescador”, pero no es el mismo.

 

¿Para qué quieres vivir?

Por Giovanni Papini

 

El filósofo paseaba por los campos cuando encontró en el río a un pescador muy atareado.

—¿Qué haces, buen hombre? —le preguntó

—Echo las redes.

—¿Para qué?

—Para pescar.

—¿Para qué quieres pescar?

— Para vender el pescado.

—¿Para qué quieres venderlo?

—Para obtener algunas monedas.

—¿Y para qué quieres el dinero?

—Para comer.

—¿Pero, para qué quieres comer?

—¡Para vivir señor, para vivir!

— ¿Pero para qué quieres vivir…?

 

El pescador se quedó perplejo, y enmudeció.

—¿Para qué quieres vivir?- Insistió el filósofo

 

El pescador caviló unos momentos y al fin respondió:

—Para pescar.

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Cuento: El círculo del 99

Viernes, 17 Octubre 2014 00:00

¿Qué te falta para ser feliz?

Un cuento.

 

El círculo del noventa y nueve

Jorge Bucay

 

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertar al rey contando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día, el rey lo mandó a llamar.

—Paje –le dijo— ¿cuál es el secreto?
— ¿Qué secreto, Majestad?
— ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
— No hay ningún secreto, Alteza.
— No me mientas, paje. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
— No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
— ¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿por qué?
— Majestad, no tengo razones para estar triste. Su alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?
— Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar – dijo el rey—. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
— Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...
— Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo!

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el paje estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana.

— ¿Por qué él es feliz?
— Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
— ¿Fuera del círculo?
— Así es.
— ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
— No, Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
— A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
— Así es.
— Y él no está.
— Así es.
— ¿Y cómo salió?
— ¡Nunca entró!
— ¿Qué círculo es ese?
— El círculo del 99.
— Verdaderamente, no te entiendo nada.
— La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
— ¿Cómo?
— Haciendo entrar a tu paje en el círculo.
— Eso, obliguémoslo a entrar.
— No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
— Entonces habrá que engañarlo.
— No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solito, solito.
— ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
— Sí, se dará cuenta.
— Entonces no entrará.
— No lo podrá evitar.
— ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
— Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
— Sí.
— Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
— ¿Qué más? ¿Llevo guardias por si acaso?
— Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
— Hasta la noche.

 

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del paje. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía:

ESTE TESORO ES TUYO. ES EL PREMIO POR SER UN BUEN HOMBRE.
DISFRÚTALO Y NO CUENTES A NADIE CÓMO LO ENCONTRASTE.

Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el paje salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados y entró en su casa.

 

Desde afuera escucharon la tranca de la puerta, y se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y dejado sólo la vela. Se había sentado y había vaciado el contenido en la mesa. Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro!

 

Él, que nunca había tocado una de estas monedas, tenía hoy una montaña de ellas para él. El paje las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar la luz de la vela sobre ellas. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas. Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas: Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20, 30, 40, 50, 60... hasta que formó la última pila: 9 monedas!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa. “No puede ser”, pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.

 

— Me robaron –gritó— me robaron, malditos!

 

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro “sólo 99”. “99 monedas. Es mucho dinero”, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo –pensaba—. Cien es un número completo pero noventa y nueve, no.

 

El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del paje ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que asomaban sus dientes.

 

El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien?

 

Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario.

 

“Doce años es mucho tiempo”, pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo.

 

Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero. ¡Era demasiado tiempo!

 

Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comida todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender... Vender... Vender... Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.

 

El rey y el sabio, volvieron al palacio. El paje había entrado en el círculo del 99...

Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el paje entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando y de pocas pulgas.

— ¿Qué te pasa? –preguntó el rey de buen modo.
— Nada me pasa, nada me pasa.
— Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
— Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

 

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

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Cuento: El nombre encontrado

Viernes, 10 Octubre 2014 00:00

Un cuento de una historia real, de Eduardo Galeano

El nombre encontrado

de Eduardo Galeano

En la sierra mexicana de Nayarit había una comunidad que no tenía nombre. Desde hacia siglos andaba buscando nombre esa comunidad de indios huicholes. Carlos González lo encontró, por pura casualidad, en 1984.

 

Este indio huichol había venido a la ciudad de Tepic para comprar semillas y visitar parientes. Al atravesar un basural, recogió un libro tirado entre los desperdicios. Hacía años que Carlos había aprendido a leer la lengua de Castilla, y mal que bien podía. Sentado a la sombra de un alero, empezó a descifrar las páginas. El libro hablaba de un país de nombre raro, que Carlos no sabía ubicar pero que debía estar bien lejos de México, y contaba una historia de hace pocos años.

 

En el camino de regreso, caminando sierra arriba, Carlos siguió leyendo. No podía desprenderse de esta historia de horror y de bravura. El personaje central del libro era un hombre que había sabido cumplir su palabra. Al llegar a la aldea, Carlos anunció, eufórico:

- ¡Por fin tenemos nombre!

 

Y leyó el libro, en voz alta, para todos. La tropezada lectura le ocupó casi una semana. Después, las ciento cincuenta familias votaron. Todas por sí. Con bailares y cantares se selló el bautizo.

 

Ahora tienen cómo llamarse. Esta comunidad lleva el nombre de un hombre digno, que no dudó a la hora de elegir entre la traición y la muerte.

-Voy para Salvador Allende- dicen, ahora, los caminantes.

 

Tomado del Libro "Memoria del Fuego"

 

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